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O Jogo do Deus Demônio
Novel & story · Português

O Jogo do Deus Demônio

Prefácio: O Café Siarivi Janeiro de 2002, no Café Siarivi, à beira do lago Mälaren. À mesa junto à janela, vários professores da Universidade de Uppsala conversavam à toa. Kerstin Studna, que lecionava biologia vascular, perguntou como se de repente se lembrasse: "Ah, é verdade — faz tempo que não vemos George Hans. Para onde ele foi?" Ninguém ali soube responder. "No ano passado ele vinha sempre aqui." Alexander Husto, professor de imunologia, olhava para fora…

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Part 2

## 【Prólogo】El café Siarivi

Enero de 2002, en el café Siarivi, a orillas del lago Mälaren. Junto a una mesa arrimada a la ventana, varios profesores de la Universidad de Uppsala charlaban sin prisa. Kerstin Studna, catedrática de biología vascular, preguntó como si acabara de acordarse de algo:

—Ah, por cierto, hace tiempo que no veo a George Hans. ¿Dónde se habrá metido?

Nadie de los presentes supo responder.

—El año pasado todavía venía mucho por aquí —dijo Alexander Husto, profesor de inmunología, con la mirada puesta en el campo nevado de fuera. En el centro de los cristales del balcón de aquel café iban incrustados unos hilos eléctricos que calentaban el vidrio por sí solos, de modo que, por grande que fuera la diferencia de temperatura entre el interior y el exterior, los cristales no se empañaban—. Y así, de pronto, desapareció de la universidad.

—Le encanta pilotar avionetas. ¿No se habrá ido por ahí, en su avioneta, a pasárselo bien? —dijo el profesor Svedon Oken.

—¿O quizá haya volado a Estados Unidos?

—Yo, en cambio, he oído algunos rumores sobre él —dijo Kerstin—. Rumores muy extraños… Kiyoshi, tú tienes que saber algo, ¿verdad? —le preguntó a Kiyoshi Mitarai.

Kiyoshi Mitarai sostenía con ambas manos una taza de esmalte, los ojos fijos en los copos que danzaban fuera, y daba pequeños sorbos al café caliente. Al oír la pregunta de Kerstin, volvió la cabeza despacio hacia ella y, con una sonrisa de chiquillo travieso, dijo:

—No lo sé.

—Kiyoshi, no digas que no lo sabes. Trabajábais en el mismo campo, y desde que él estaba en el laboratorio de la Universidad de Estocolmo ha sido como Helixi, de aquí: allá donde vas, él te sigue, así que…

## Capítulo primero

1

La primera vez que vi a Lodoni Rasim fue en 1999, en una cafetería de Covent Garden, en Londres. El verano londinense es breve, y ya en el viento de septiembre se notaba un frío considerable. Era una tarde recién aclarada después de la lluvia, de esas que dejan el cuerpo y el ánimo despejados. Los gorriones bajaban a media altura, se posaban en las mesas metálicas de verde oscuro de la terraza y picoteaban el pastel sin nata que Lodoni había dejado. Él los miraba en silencio, y pasó mucho, mucho rato sin decir nada. Yo, a su lado, tampoco lo interrumpía: esperaba quieto a que fuera él quien hablara.

En aquel momento Lodoni estaba del todo sereno, y nada en él dejaba ver que tuviera problemas mentales. En la vida cotidiana se mostraba bastante alegre. Aunque a veces repetía lo que decía, la gente lo tomaba por una forma de demostrar sinceridad: hablaba tanto, pensaban, para hacer felices a los demás. Por eso, visto desde fuera, resultaba imposible advertir en él el menor rastro de melancolía o de complejo de inferioridad. En una palabra: en el día a día era un hombre extremadamente apacible, un hombre corriente, cuyo estado de ánimo no se distinguía del de cualquier otra persona.

Cuando se cansó de mirar a los gorriones, empezó a hablar del Canno de sus recuerdos. Lo contaba con una concentración absoluta, y estuvo hablando un buen rato. Por entonces ya rozaba los cincuenta y dos años. Estaba muy delgado, y en la cabeza apenas le quedaba un solo pelo negro. Dijo que, de niño, en el pueblo donde vivía había un castillo abandonado llamado Canno. Entonces iba a menudo solo a aquellas ruinas a dar de comer a gorriones y palomas, y se quedaba mirándolos mientras comían, muchas veces durante casi todo el día, sin sentir el menor hastío. Dijo que le gustaba mucho aquella vida tranquila. Pero, mientras hablaba…

## Capítulo segundo

1

Ocurrió la noche en que apareció una aurora boreal, algo rarísimo en Escocia. El lugar era Dimonsi, un pueblecito a orillas del lago Ness. Yo, que había llegado allí vagando hacía más de cuatro años, no sabía que en aquel sitio la aurora solo se ve una vez cada varias décadas. Como aquella noche había aurora, la gente del lugar conjeturaba que quizá también pudiera verse a Nessie, el monstruo del lago Ness. Todo el mundo comentaba el asunto, y las calles estaban muy animadas.

La taberna Avon, pegada a la pequeña posada de Dimonsi, era el bar donde yo solía detenerme. Los clientes de allí siempre armaban un gran alboroto, como una jauría de perros salvajes demasiado excitados. Aquella noche la puerta de la taberna no paraba de abrirse y cerrarse, y el chasquido seco de las hojas seguía sin descanso. Dentro no hubo ni un instante de silencio. Pero, por mucho ruido que hubiera, a mí no me afectaba: con que hubiera alcohol me bastaba, fuera whisky o cualquier otro licor. En fin, yo vivía una vida en la que lo único que importaba era el alcohol, y la aurora me traía sin cuidado.

Estaba sentado en un asiento cómodo junto a la barra, y no tenía la menor gana de moverme. ¿Por qué ni siquiera quería moverme? Porque desde aquel sitio se veía un paisaje más espléndido que la aurora: el relieve montañoso del pecho de Linda. El lugar que ocupaba era un asiento de privilegio; solo un idiota pensaría en cambiarse. Pero Linda no dejaba de insistir, pesada, en salir afuera.

—Solo un momento, anda.

No me quedó más remedio que decir:

—Está bien. Pero, en cuanto veas esa aurora o lo que sea, vuelves enseguida.

Aquel, sin embargo, fue un compromiso fatal. Todo empezó a partir de aquel revuelo.

Agarré el abrigo y salí. Pero, nada más llegar a la calle, enseguida…

## Capítulo tercero

D

Kierkegaard escribió algo así:

La memoria es la condición más fundamental. Mediante eso que llamamos memoria, el ser humano puede, a través del recuerdo, convertir la experiencia en una existencia sagrada. En la experiencia van acompañados el esfuerzo y la responsabilidad; la memoria indiferenciada, en cambio, no conoce esfuerzo ni responsabilidad. En el fondo, el recuerdo es una técnica…

De lo que yo mismo hice durante estos tres días no consigo acordarme de nada. ¿Adónde fui, al fin? ¿Qué hice? Lo ignoro por completo, porque mi cabeza está enteramente envuelta en una niebla espesa y es incapaz de transmitir eso que llamamos memoria. Comprendo que se debe a que este recuerdo podría poner en peligro mi vida, y por eso no recuerdo absolutamente nada. Es una autodefensa del subconsciente: mi cerebro no me deja recordar lo ocurrido en estos tres días.

Esto parece ser lo que aquel profesor sueco me explicó: el llamado «modo de cruce». Es la capacidad de integrar distintos ámbitos sensoriales y obtener así una sensación. Una persona ciega de nacimiento, si de adulta tiene la oportunidad de recuperar la vista de forma milagrosa gracias a un trasplante de córnea, aunque durante la ceguera total haya distinguido con toda claridad, por el lenguaje y el tacto, la diferencia entre un cono y un cilindro, al recuperar la vista, la primera vez que se encuentre ante un cono y un cilindro, le resultará muy difícil decir, solo con la vista, cuál es el cono y cuál el cilindro.

Del mismo modo, también le costará distinguir un cachorro de un gatito. Puede decirse que el conocimiento adquirido en la época de ceguera no puede aplicarse cuando la información llega a través de los ojos. Sin embargo, basta con cerrar los ojos y tomar en brazos al animal pequeño para saber al instante si es un gato o un perro. Ante el cono…

## Epílogo

En el calabozo de la comisaría de Grisha, George Hans y el profesor Mitarai hablaban separados por los barrotes de hierro. El profesor Mitarai dijo:

—Tú siempre quieres ocupar la mejor posición. En lo que respecta a Lodoni, tu hipótesis es, en líneas generales, correcta. Pero la primera fantasía que apareció en su mente no era, en realidad, una ensoñación vacía, sino un experimento real. Eso es lo que no habías previsto.

George guardó silencio.

Aquella serie de asesinatos debía de quedar resuelta con esto, y podía darse por cerrada, pero en mi interior seguían existiendo muchas dudas. Quería aclarar lo que todavía no lograba entender, así que me quedé al lado del profesor Mitarai y le planteé mis preguntas a ese George del que el profesor hablaba.

—¿Por qué hiciste todo esto? ¿Qué beneficio te reportaba?

—George, ¿qué dices tú? —preguntó también el profesor Mitarai.

—No eres pariente de Lodoni, ni tampoco sientes de verdad tanta compasión por lo que le ocurrió. ¿Por qué hiciste estas cosas? No serás judío, ¿verdad?

—No lo soy —dijo George.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste?

—Kiyoshi, ¿no decías que lo sabías? —replicó George desde detrás de los barrotes—. Es cierto que demostraste con mucha habilidad que Lodoni no mató a nadie. Pero yo todavía no he perdido. Sí: en estas circunstancias, poca gente sostendría que Lodoni es el asesino, porque cuando mataron a Peggy él estaba aquí, tras estos barrotes.

—Sin embargo, el asesino, además de mí, también podría ser otra persona, ¿no es así? Ahora mismo voy a decirlo ante el micrófono que quizá esté oculto aquí: yo no soy el asesino. Porque Pe…